Fernando Varela se radicó en República Dominicana desde hace tres décadas, sorprendiéndonos desde sus inicios como pintor con obras de una sólida contundencia que lo acreditan como un notable maestro.
Amo y señor de un abstraccionismo que se nos ocurre concreto, por la claridad palmaria de sus símbolos, los que en reiteraciones asombrosas consiguen expresar paralelismos de extraordinaria belleza y serena complejidad, Varela ha ido acumulando un universo de esquemas temáticos muy personal, de originalísima factura, en donde lo tomado de corrientes y maestros se convierte en un logro particular, en voz inconfundible, en señalada explosión de vida y sensaciones que atrapan la visión conduciéndola a un abismo pletórico de inefables sorpresas y una insaciable persecución de una realidad trascendente como interior.
Esto así, en el deseo de señalar con notable urgencia algunos trazos que nos ayuden a ponderar lo que ya se ha convertido en uno de los aportes más importantes a la pintura dominicana de los últimos cien años, ciertamente los únicos en los cuales hemos visto surgir obras como la de Liz o la de Oviedo, entre otros, también de un singular valor.
Varela es un maestro de la ambigüedad. De entrada, un formulismo mínimo se entrega como el umbral que atesora los detalles, los que van aflorando uno a uno hasta un desconcertante infinito de posibilidades que convierten a cada lienzo en ecuación y metáfora, en retruécano que al repetirse va creciendo y diferenciándose del punto de partida hasta hacerse un insondable discurso que predispone a la razón hacia las rutas de una multiplicidad que sin duda es el abismo del yo con todas sus relevancias, la sima que contiene la condición de lo humano en lo más exquisito e inextricable de sus apelaciones.
Maestro, al mostrar con insistencia la piedra o lo pétreo como vestido y personaje, ese tegumento fósil sobre o en el cual quedan atrapadas las formas de su expresión, se nos antoja una apología del silencio, no como muerte, no como una nada, sino como el caldo que nutre o alimenta una verdad. ¿En el silencio obvio y reiterativo de su pintura hay un protagonista oculto? ¿Qué valor posee el silencio como atributo supremo de una enjundiosa inmensidad?
Fernando Valera. El artista, en la búsqueda de expresar sus sentimientos a través de la obra, recurre a todos los medios al alcance de su mano para que el pensamiento artístico logre su más fiel expresión de aquello que vive dentro de él.

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